miércoles, 28 de marzo de 2007

Puente a la vista.

Si te fijabas bien, la capa del miedo cada vez tenía más agujeritos. No sabía bien que estaba pasando, mi almendro estaba bastante lejos y las ramas a veces ocultaban la visión de aquel lugar. La verdad es que pensé en bajar de allí y volver por donde había venido: no saber nada del puente, el campo de almendros y todas las cosas que había visto nuevas; aquellas palabras del miedo me habían hecho pensar en lo que significaría todo ¡era una locura plantarle cara a todo!

Fuera lo que fuese, parecía que funcionaba. Al miedo le cambiaba la cara -si es que a aquello se le podía llamar cara- por momentos, algo que a mí me agradaba cada vez más. "Si esto sigue así -me dije- creo que dentro de poco desaparecerá, o por lo menos se apartará un poquito". Sí, era el momento de bajar del árbol y acercarme al puente, lo veía tan fuerte como al principio, seguro que aguantaría todos los pesos, trifulcas y malos pensamientos que el miedo dejaba libres.





Nunca antes le había plantado cara a aquel miedo, era diferente a otros que sentí tiempo atrás. Este implicaba muchos cambios, muchas situaciones, mucha distancia. Sólo tuve que sonreír y regalar un beso al aire: todo se desvanecía, el puente brillaba de nuevo a la luz del sol y el río volvía a discurrir transparente, alegre y tranquilo. No es que hubiera olvidado las advertencias del miedo, las había dejado apartadas, desvanecidas, etéreas. Se abría ante mí un nuevo universo. Sin más, me convertí en guerrera, ávida de aventuras, búsquedas, luchando contra nostalgias y distancias, para encontrar al eterno viajero.









lunes, 12 de marzo de 2007

El horizonte se disipa.

Por un momento dudó el miedo, se removió cuan grande era y pude ver a través suya. Él seguía instigándome a que me diera la vuelta, a que me olvidara de aquel puente, de aquel campo de almendros con el que soñaba mientras paseaba; pero yo no le escuché por un instante.

Me asomé por el hueco que dejó al replegarse, todo era más nítido de lo que ya estaba convencida. Lo turbio del ambiente se convertía en un aire fresco, un olor a hierba mojada y primavera temprana. Quería estar ahí.

Sabía que si me aferraba a esa idea al fin seguro que lo conseguía -mucho tenía que pasar para que así no sucediera-, que estaría en aquella parte del camino en cuanto pudiera.




El miedo seguía ahí, sin parar de hablar y soltando joyitas por la boca, intentando que yo dejara de sentirme segura. En mi interior sabía que si éste se había removido era porque algo o alguien estaba pinchándole por detrás.

Me alejé un poco del puente y subí al que había sido mi refugio cuando me sentía peor, aunque no era muy alto conseguí ver más allá del puente: el horizonte estaba claro, el sol brillaba más que lo que podía imaginar. Vi palabras que flotaban en el aire, por todos lados había alguna que hacía agujeritos en la capa del miedo. Y pensé, si es que los abrazos de 10 minutos hacen mucho.

martes, 6 de marzo de 2007

Todo, al fin y al cabo, es un no saber donde estoy.



Sé que cuando llegue la noche, no tendré más arropo que mi vestido blanco. El miedo arrecia -como las tormentas- y no sé en qué forma aparecerá. Hay veces que lo ves venir, pero cuando estás en el puente sólo puedes ver que lo tienes delante cuando ya está mirándote desde la otra orilla:

Puedes haber andado por miles de calles, parado en miles de cafés, dormido en cientos de suelos hasta llegar a ese puente. Puedes entretenerte conociendo sus tornillos, saltando para probar su resistencia, mirando lo que pasa bajo él, colgando los pies mientras miras al cielo soñando tal vez con que el miedo no aparecerá.

Una vez soñé con campos de almendros, un paraje singular. Me vi atravesando un camino que lo delimitaba, le rodeaba. Veía el puente, no muy lejos, y el corazón saltaba viendo que aún no había pasado nada. Igual esta vez era la definitiva, el miedo no aparecería. El puente parecía perfecto, sólo algunos detalles le faltaban.


Pero sólo lo parecía, sólo era un sueño. De pronto allí estaba.



Me dio a conocer que lo único que estaba haciendo era mirar desde detrás de un almendro a un puente a medio construir. Me convenció con que la robustez del puente la había soñado, que el campo que continuaba en la otra orilla no existía. Que las aguas claras que nadaban bajo nosotros sólo eran vapores de otras, ya secas.

Si es así como dice, me encerraré al cobijo del almendro, y no saldré de entre sus ramas hasta que alguien se coma una flor y me despierte de este letargo. O hasta que el miedo se vaya.

(...)

jueves, 1 de marzo de 2007

Para...





Para el hombre que venció al trackor, que consiguió despistar a Poseidón una vez más. Para aquel que se alimenta de poesía. Para aquel que con ojos de caramelo surca los mares, ya sea en nave pirata o en balsa salvavidas.

No se sabe cuántas palabras ya han hecho mella en mí, cuántas sonrisas ha conseguido sacar. El caso es que el aprendiz de cartógrafo lo hace bien, por lo menos lo que conozco. Que es poco, pero suficiente.

Bueno hombre, espero seguir viendo sus aprendizajes por mucho tiempo, sus nuevas "carreras", ya sean de letras o ciencias; quiero descubrir sus nuevos escondites y navíos. Sus tonterías, que con poco me hacen feliz.

Al fin y al cabo la curiosidad mató al gato, y a mí a veces -aunque sea más de mar- me sale la vena gatuna... todo lo que me hace bien me gusta conocerlo a fondo.

A veces me dan ganas de doblar el mapa de verdad, decirles a las hadas que paren el tiempo para poder dar abrazos.






"Además de la conversación de las mujeres, son los sueños los que sostienen al mundo en su órbita. Pero son también los sueños los que le hacen una corona de lunas, por eso el cielo es el resplandor que hay dentro de la cabeza de los hombres, si no es la cabeza de los hombres el propio y único cielo" Jose Saramago.






Porque hijo, tienes un cielo por cabeza.
¡Vaya imaginación! ¡Vaya historias!