Por un momento dudó el miedo, se removió cuan grande era y pude ver a través suya. Él seguía instigándome a que me diera la vuelta, a que me olvidara de aquel puente, de aquel campo de almendros con el que soñaba mientras paseaba; pero yo no le escuché por un instante.
Me asomé por el hueco que dejó al replegarse, todo era más nítido de lo que ya estaba convencida. Lo turbio del ambiente se convertía en un aire fresco, un olor a hierba mojada y primavera temprana. Quería estar ahí.
Sabía que si me aferraba a esa idea al fin seguro que lo conseguía -mucho tenía que pasar para que así no sucediera-, que estaría en aquella parte del camino en cuanto pudiera.
El miedo seguía ahí, sin parar de hablar y soltando joyitas por la boca, intentando que yo dejara de sentirme segura. En mi interior sabía que si éste se había removido era porque algo o alguien estaba pinchándole por detrás.
Me alejé un poco del puente y subí al que había sido mi refugio cuando me sentía peor, aunque no era muy alto conseguí ver más allá del puente: el horizonte estaba claro, el sol brillaba más que lo que podía imaginar. Vi palabras que flotaban en el aire, por todos lados había alguna que hacía agujeritos en la capa del miedo. Y pensé, si es que los abrazos de 10 minutos hacen mucho.
lunes, 12 de marzo de 2007
El horizonte se disipa.
Imaginado por Lu a las 22:00
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1 idea(s), ¿a qué esperas tú?:
Esos abrazos lo curan todo.
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